Viaje a lo más recóndito de China

NUERGUO (CHINA) EL PUEBLO EN EL QUE SÓLO NACEN MUJERES (Artículo)
En busca de Nuerguo. Autor: Carolina Santos

FINA, continua y copiosamente llueve desde hace tres días. Balanceo la silla en la que me siento, bajo el chaflán que da entrada a mi residencia. Llevo ya mas de dos meses en China.

No era consciente entonces, pero todo comenzó hace un año, recortando una noticia publicada en la contraportada de DIARIO DE NOTICIAS, en la sección ¡Qué mundo!. La idea era escribir un cuento, basado en este breve artículo, que hablaba de la existencia en China de un pueblo, de tan solo 60 habitantes, donde inexplicablemente desde hacia 100 años sólo nacían mujeres. El artículo hablaba de Nuerguo, situado en la provincia de Hunan, junto al río Yantzi.

Pasó un año y el recorte reapareció en el fondo de uno de mis desordenados cajones, mientras buscaba desesperada un teléfono perdido. Lo leí y lo dejé sobre la mesita, junto a mi cama. Allí seguía por la mañana. Sólo lo dije una vez, muy bajito y muy despacio para que apenas lo oyese la parte de cordura que aún queda en mi cabeza: "Me-voy-a-China..." en busca de Nuerguo.

Un mes después me encontraba en Shanghay. En la mochila varios planos, una guía, un diccionario de inglés-chino, ninguno de castellano-inglés, y algo de ropa. Los kilómetros se sucedían a toda velocidad en los trenes sucios y abarrotados de gente en pie o sentada en los pasillos sobre la punta de tus zapatos. Donde la vía férrea terminaba comenzaban los autocares, algunos nuevos y con televisión; otros parecían un mal montaje de chatarra, donde tenías que reconstruir tu asiento antes de poder sentarte.

Los guías de la travesía por las montañas, que colindan el sur del Tíbet, me situaron Nuerguo al norte de China, en Mongolia interior. En las calles de Beijin, los viejos sentados sobre un pequeño taburete, situaban Nuerguo al sur, en la provincia de Yunnan, fronteriza con Vietnam. Mientras comía de pie en la calle con el cuenco de arroz en una mano y en la otra los palillos, el hombre que me alquilaba la bicicleta confirmaba que iba bien encaminada hacia el centro de China, a la provincia de Hunan.

Todos sabían de Nuerguo, de la especial hermosura de aquellas mujeres que vivían en un pueblo amurallado, donde los hombres no podían permanecer mucho tiempo a causa de que por una extraña razón no tardaban en enfermar. Tanto las historias, como su ubicación, diferían con sólo volver a preguntar a otra persona, en otro lugar o en otra ciudad.

Decidí continuar mi ruta, a pesar de los desánimos que me propinó la tripulación del barco que navegaba el río Yantzi: "No llegarás. Tus mapas son inexactos y tus dudas, demasiadas. La policía te echará atrás por ser extranjera, mujer y viajar sola". Demasiado lejos para regresar y demasiado cerca para no llegar.

Tenía dos nombres, de dos pequeños pueblos situados a mas de 3.000 metros de altura, en unos valles serpenteados por riachuelos, entre bosques de bambú. Aquello eran dos buenas pistas.

Reanudé la marcha hacia lo desconocido en la zona central de la provincia de Hunan. Tarde cuatro autobuses y una mula en llegar. En el pueblo, el interés lo acaparaba la entrada a una de las casas donde una mujer chillaba y lloraba, mientras su marido, hermano o padre la golpeaba repetidamente contra paredes y puertas. Alguien enganchó mi hombro y me empujó en dirección contraria al tumulto de gente. Aquello no era Nuerguo.

A la mañana siguiente, partí hacia el norte. Las lluvias habían comenzado. Llegué en moto, soportando el peso de la mochila sobre mi espalda y apretando culo, rodillas y brazos para no caer en alguno de aquellos saltos sobre charcos y piedras.

Empapada y con la cara salpicada de barro, me recibió un hombre de gestos amables, movimientos lentos, observador y tranquilo. Comencé a secarme el pelo con una toalla. En la casa del pueblo me preparó té. Su primera pregunta fue si había comido; antes que mi voz se oyeron mis tripas...

La cocina era amplia y comunal; allí estaba reunido buena parte del pueblo, observando y riendo cada uno de mis movimientos. Comía deprisa con los palillos, mezclando carnes y verduras en mi cuenco de arroz. Mientras, curiosos de saber por qué me hallaba allí, cogían mis papeles, apuntes y libros pasándoselos de uno a otro. No entendían nada, y muchas veces los miraban del revés, pero les encantaban las extrañas letras, los dibujos e intentaban emparejar las fotos con algún lugar que ellos conocieran. Cuando se cansaron, dejaron todos los papeles frente a mí. Luego les di a conocer mi nombre, de donde venía, ... y les hablé de Nuerguo.

Repetían entre sí la palabra Nuerguo sin gestos ni risas que delatasen qué pensaban. Una joven se dirigió hacia mi mapa y señalando todo el país con un círculo dijo: "¿Nuerguo?... Nuerguo, no". Así, dejaba claro que no existía. Sonrieron. Me dijeron que yo era su huésped y que podía permanecer allí el tiempo que quisiera, sin pagar comida ni alojamiento. Era su extraña invitada. Quedé en silencio.

La contundencia de la joven me derrumbó sobre esta mecedora de bambú, desde la que observo el continuo caer de la lluvia. Han pasado dos días y empiezo a notar el cansancio de los kilómetros recorridos en mi viaje. Me avisan para ir a cenar.

Las noches transcurren en reuniones donde hago juegos de magia con las cartas y me cantan canciones chinas. Junto a los fogones de la cocina, intentan enseñarme cómo hacer punto con tres agujas o cómo preparar algún plato de comida. Hoy vino a cenar un joven algo borracho, que resulta ser el maestro del pueblo. Parece querer hablar conmigo. Como no le entiendo, se levanta dando tumbos y se marcha hablando en chino.

Apenas unos minutos después, aparece una luz de linterna por el camino que baja de la escuela. De nuevo es el joven, pero esta vez acompañado de una anciana mujer asida a su brazo. Antigua cocinera, me dicen. Hacemos sitio y todos quedamos muy juntos bordeando el brasero del centro de la mesa. Tras los saludos y risas, reanudo de nuevo los juegos de cartas. Pero la anciana comienza a hablar y el joven le traduce con su escaso inglés, gestos y dibujos. "Tiempo borrar Nuerguo", balbucea por fin.

Lo que quiso decir con esta frase me lo explicó durante una hora que estuve escuchando la historia que en unas líneas les relato, y que ponía fin, y un nuevo principio, a la leyenda de Nuerguo.

"Años atrás, existió un pueblo dónde las mujeres trabajaban duramente no sólo en tierras de cultivo, sino también en la casa familiar o transportando pesadas cargas para vender en el mercado. Los hombres las golpeaban o maltrataban a empujones.

Ellas lloraban por las noches. Tantas noches y tan fuerte lloraron que despertaron al dragón del río. Enojado al ver lo que ocurría, el dragón derramó en las aguas un especial veneno por el que los hombres caían enfermos con fuertes dolores. No pasó mucho tiempo en que todos los varones comenzaron a abandonar el pueblo. Lo amurallaron y lo llamaron Nuerguo, pueblo de mujeres. Con aquella inesperada tranquilidad las mujeres recobraron su juventud y una especial belleza que reflejaba su felicidad.

Así pasaron los años y sólo los jóvenes mas enamorados, y más valientes, se atrevieron a vivir en el pueblo, aún a riesgo de caer enfermos. Con el tiempo, Nuerguo perdió su nombre... y aún hoy el dragón permanece dormido".

Ya en mi habitación de Pamplona releo el diario de viaje, junto a varias noticias de DIARIO DE NOTICIAS que hablan de malos tratos, nuevos golpes, nuevos casos tan reales como sus moratones... Recuerdo Nuerguo. Si la leyenda es cierta o no, decidan ustedes. Creo que la búsqueda de Nuerguo continúa en la letra de cada artículo que cuenta un nuevo caso de mal trato doméstico. Creo que existe en cada golpe recibido sin castigo legal, ni respuesta firme; en la poca distancia que nos separa de la machista, bárbara y contundente brutalidad que arrastra sólo este año, mas de 80 muertes por malos tratos. El dragón duerme, pero ya es hora que de nuevo despierte.

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